Vuelvo a hacer vida social. Vuelvo a tener contacto con la gente. Y vuelvo a sentirme enmascarada. Estoy mejor y estoy enfrentando el día a día con sus pequeños retos. Salgo airosa de casi todos ellos. Y sin embargo temo caer en lo mismo. Porque de mi círculo cercano tan sólo una persona sabe mi verdad. Aunque todos se están portando muy bien conmigo, sin reproches ni juicios. Siento que sigo fingiendo. Para ellos tengo depresión, simplemente. Me parece como si los pasitos que voy dando son un arma de doble filo. Quiero estar bien, como todos, pero soy consciente de que el bajón puede llegar en cualquier momento. Que la gente me vea bien hace que me crea “curada”, cuando tan sólo estoy empezando a luchar. Odio que sigan sin comprenderme. Tienen mucho tacto y se portan fenomenal, pero escucho consejos sobre la ansiedad y la depresión que me suenan a arameo. No quiero menospreciar el dolor de nadie, pero no es comparable... Me veo envuelta otra vez en un antifa...
Inventé un antifaz que ocultase mi dolor. Viví como crecí, bajo la mordaza del silencio. Ocultando mi verdad. Rota por dentro. Mi infancia está marcada por los abusos. Mi alma está camuflada tras ese antifaz. Llevo demasiado tiempo conviviendo con la vergüenza, la culpa, la soledad y el miedo. Deseo recuperar mi voz y gritar la verdad que muchos prefieren no escuchar.