sábado, 13 de agosto de 2016

Querida Ana

Querida Ana del 2007:

Soy otra Ana. Alguien que te lleva nueve años de lágrimas. Alguien que ha conseguido sanar viejas heridas. Alguien que está terminando una guerra tras mil batallas a sus pies. A veces veo la luz al final del túnel. He conseguido quererme, valorarme, entenderme y sobre todo respetarme.

No te mentiré, hay días negros. Hoy es uno de ellos. Pero no es un día oscuro. La luz a vuelto a nuestra vida de la mano de esa niña que no pudimos ser. 

Si pudiese volver atrás te diría tantas cosas... En 2007 vives escondida bajo un bonito antifaz que te aprisiona el alma. Pero, a pesar de todos los secretos que encierras y de ese inmenso vacío emocional, tu ilusión y esperanza permanecen intactas.

A veces equivocamos el camino. Otras veces seguimos el trayecto que ya conocemos sin plantear una ruta alternativa. Salir de esa autopista en la que estás transitando va a conllevar un gran peaje.

Para cocinar una rana es necesario meterla viva en una olla de agua fría e ir subiendo la temperatura poco a poco hasta que hierva. Sin embargo, si intentásemos introducir la rana en agua hirviendo, simplemente saltaría y escaparía. Es la mejor definición que he escuchado sobre la indefensión aprendida.

Cuando el agua esta tibia empezamos a desarrollar un déficit motivacional, apatía y falta de respuesta voluntaria. Conforme se va calentando nos ataca por el lado emocional y cognitivo, ansiedad y depresión. A punto de ebullición incluso nos afecta a nivel fisiológico, somatización.

Sufrí abuso sexual, maltrato psicológico y maltrato físico durante mi infancia. Repetí estos patrones durante mi adolescencia y juventud. La Ana del 2007 se había reinventado a sí misma. Era como quería ser, o al menos lo aparentaba. Creía estar por encima de todo eso, era tan fuerte que ella solita lo había superado. Ni siquiera se percató de que empezaba a sumergirse.

Nueve años después he conseguido saltar de la olla, aunque tengo algunas quemaduras. Un gran salto del que me siento muy orgullosa.

Cualquier persona expuesta a una relación tóxica, repleta de circunstancias adversas tales como; hostilidad, críticas constantes, reproches continuos, mensajes no verbales de insatisfacción y descontento, acoso sistemático e invasión de la intimidad, interrupciones constantes que le impidan expresarse, infravaloración, nivel de exigencia extremo y por encima de sus posibilidades, incomprensión y falta de empatía, perjuicio económico, provocación y dramatización, bromas inapropiadas, sarcasmo e ironía... puede convertirse en rana.

No es necesaria una violencia directa. La sutileza de los pequeños gestos o una puyita “inocente” funcionan mucho mejor. Tejen una telaraña que nos acaba aprisionando.

Una relación tóxica no tiene porque ser sentimental o familiar. Puede ocurrir en el trabajo, con los amigos... Simplemente se da cuando una persona te hace sentir mal, te altera, te hace sentir culpa, te desgasta emocionalmente... Si prefieres no estar con esa persona porque es sumamente desagradable deberías escucharte a ti mismo.

Me gustaría enseñar a mi yo del 2007 a saltar cuando el agua empieza a resultar incómoda, pero me conformare con que mi yo del 2017 haya aprendido la lección.

En 2012, cuando comencé este proceso, pensaba que lo peor era el abuso en sí. Después empece a descubrir mis secuelas. He tenido días malos, peores, difíciles y alguno medio bueno. Intentaba crear días buenos, pero estaba conscientemente atrapada en la red.

Empezar a ser asertiva o poner límites me ha costado mucho a nivel emocional. Mantener tus creencias, tu postura o tu opinión cuando siempre has evitado cualquier conflicto cuesta horrores y crea muchos problemas. Pero siempre será peor no tener voz, ya he sido demasiado tiempo cómplice del silencio.

Este año está siendo nefasto, de los peores que recuerdo en mi edad adulta. Hoy me han recetado fluoxetina, prozac. Ni siquiera cuando toque fondo recurrí a esa ayuda. Algunos juzgan muy facilmente y no se imaginan las rozaduras que pueden llegar a hacer mis zapatos. La sentencia ha sido que no merezco vacaciones. Y mi punto de inflexión.

Lo que nadie merece es tener que hacer penitencia por cada sonrisa. A veces no nos queremos dar cuenta de que se esta cruzando la barrera del respeto. Pero una vez se traspasa esa linea la única solución posible es cortar por lo sano. Puedes querer mucho a esa persona, pero nunca más que a ti mismo.

Hoy me prometo no volver a tolerar una sola falta. Hoy me prometo que cuando la libertad, la alegría y la satisfacción se tornen en malestar, miedo y desolación saltaré de la olla.



Quizás es que este año ya ha habido demasiada agua salada en mis ojos, pero aún así también me prometo un buen baño de mar, creo que me lo he ganado.

martes, 19 de marzo de 2013

Manipulación


Nunca permitiste que te llamara abuelo o yayo porque según tú eras demasiado joven para serlo. Y es algo que siempre te agradeceré, porque al menos es una palabra que tu infamia no pudo ensuciar.

Aún después de tantos años la manipulación que ejercías sobre todo el núcleo familiar no deja de asombrarme. Crecí en un familia donde todos te admiraban y obedecían de tal manera que era imposible que una niña avergonzada y atemorizada pudiese reunir la valentía de enfrentarte.

Además de un depravado asqueroso eras sumamente descarado. Llegaste a abusar de mi dentro del agua cuando íbamos a la playa mientras mis padres y tu mujer tomaban el sol en la orilla. Deslizabas tu mano bajo la mesa en las comidas familiares aprovechando que habías marcado mi sitio junto al tuyo. Me repetías constantemente que yo lo buscaba y lo disfrutaba. A veces pienso que tu mismo te lo creías...

Durante años me pregunté que viste en mí o que hice yo para provocarte. Pero hoy entiendo que mi único error fue nacer en el seno de tu familia. Abusaste de toda tu descendencia y destruiste a tu hija de todas las formas posibles. Creyéndote gracioso ridiculizabas a tu hija y a tu esposa en todo momento e incluso ellas te reían los “ocurrentes” comentarios que les dedicabas. Quizás el mayor rencor que encierra mi alma hacia tu persona es ese, porque destrozaste a mi madre a todos los niveles. Ella siempre hablaba de libertad, y su forma de sentirse libre fue convertirse en una niña grande. En la niña que tú no le dejaste ser.

Después de enfrentar mis secuelas liberé mi culpa y empecé a trasladarla a los adultos que debieron protegerme. Pero por fin esa carga empieza a trasladarse al auténtico canalla, tú.
Dominabas y manejabas a todos a tu antojo. Tal vez mi mayor decepción fue darme cuenta que mis padres nunca sospecharon nada a pesar de tener todos los motivos y señales. Su ceguera desmoronó mis cimientos mucho tiempo. Me robaste hasta el derecho de crecer con una madre cariñosa y comprensiva cambiando su personalidad a un ser inestable, deprimido, lleno de ira, de ansiedad, de frustración y de silencio.

Me siento agradecida con la vida por haber encontrado el apoyo y la información necesaria para abrir los ojos, romper el tabú y sanar mis secuelas. Lo más grande de este camino ha sido recuperar la voz que me arrancaste a los tres años y esa voz nunca volverá a enmudecer, porque mientras existan abuelos, padres, madres, tíos, maestros como tú cada niño de este planeta vive en un riesgo permanente de ser despojado de su infancia.

Maltrataste y anulaste tanto a las dos únicas personas que te amaron de verdad, engañaste a todo el que te rodeaba. Con esos aires de grandeza te sentías poderoso y, aunque tu alcoholismo era evidente, tratabas de justificar tus salidas como si fueran reuniones importantes con gente selecta. Pero mi niña podía ver a través de tu máscara de falsedad y percibía el viejo asqueroso y borracho que vivía de apariencias. Yo no puedo perdonarte y no me siento obligada a hacerlo. Nunca mostraste arrepentimiento. Más bien me decías que debía sentirme agradecida porque muchas mujeres morían sin saber lo que era un orgasmo. Me hubiera encantado poder sentirlo en brazos de alguien a quien amase, pero me dejaste tan vacía que no creo que nunca pueda llegar a hacer el amor, ni siquiera veo posible dar un beso sin morir de asco y repulsión.

Quisiera haber reaccionado antes y agradecerte en condiciones todas tus atenciones y enseñanzas. Es el colmo del cinismo... No te debo nada, cada cosa que aprendí de ti lo hice porque soy una superviviente capaz de levantarme golpe tras golpe. Para aprender a patinar me empujaste cuesta abajo y te reíste de mis heridas, para enseñarme a nadar me arrojaste con menos de tres años a una piscina olímpica.
No imaginas cuantas veces mi niña pensó que no debía haber salido de esa piscina. Y si hoy nado, conduzco, patino,... es por mi fortaleza a pesar de tu influencia.

Ayer tu mujer me dijo que este año tocaba renovar tu nicho. Eso significa que hace diez años que te fuiste. Ya desapareció otra culpa más en mi mochila. La de no llorar tu muerte ni visitarte en el hospital. Porque el asco y el rencor estaban más que justificados. Ya no me siento mala persona. Simplemente fui la única que te hizo recoger la cosecha que sembraste. Y es más, me siento orgullosa por ello. Por no haber cedido a las súplicas de tu hija ni al que dirán. Creo que no tenía nada que hacer allí, ni para mal ni para bien. Ni siquiera sé donde estás enterrado ni me ha interesado hasta ahora. Pensaba que acercarme allí me cubriría de nuevo de suciedad, asco y horror pero mi alma se está limpiando de tu porquería y tal vez algún día lea está carta frente a tus restos.

No malinterpretes ese hecho si llega a ocurrir, porque no iré allí a reconciliarme contigo, sino con mi niña. La niña solitaria, débil y de ojos tristes que poco a poco va recuperando la sonrisa al sentir lo único que mendigó siempre, cariño.

Te diría muchas cosas, pero aún me faltan las palabras suficientes para definir ciertos hechos del pasado. Quisiera continuar está carta más adelante, por el momento lo único importante es haber sido capaz de escribirla porque es otro paso más en este camino.

Hoy es el día del padre. Un día que nunca mereciste celebrar. Porque un padre que abusa de su hija, la anula como persona, la ridiculiza constantemente y la hace sentir estúpida no debería llamarse así. Ni siquiera estuviste con ella en sus primeros años de vida y ella mantuvo ese secreto también sin reclamarte ni el abandono, ni el maltrato. Aún cuando la juzgabas continuamente siempre permaneció a tu lado. Es la ambigüedad del incesto, de la que yo me liberé cuando corté todo contacto contigo.

Me robaste la inocencia, la sonrisa, la infancia y a mi madre. Mi educación se basó en tus criterios y hasta para jugar debía hacerlo a escondidas porque te ofendía que fuera tan infantil. Pero es que yo no era una mujer, por más que me comprases pintalabios para aparentar. Descubriste que escribía no del todo mal y hasta de eso te apropiaste obligándome a escribirte relatos eróticos cuando debía estar jugando con mis pequeños ponis.

Hay un derecho esencial y es el derecho a ser niño, crecer rodeado de suciedad y de silencio te marca para siempre. Hoy ya no estoy sola en esto, por desgracia mi caso no es algo extraño en un mundo de ciegos.
Saber que hay más seres depravados como tú me llena de ira. No se si es reisilencia pero toda la vida he conseguido levantarme una y otra vez tras cada caida. Y lo estoy haciendo de nuevo a otro nivel. Hoy alquilaré una plaza de garaje, porque tu recuerdo no puede ser más fuerte que yo. 

Hay algo peor aún que el abuso, y es la culpa y el silencio.
Hacerme responsable a mi de provocarte con tres años sólo demuestra tu impudencia. Fue una de las muchas formas que utilizaste para hacerme mantener nuestro “secreto”. Tal vez mi niña busco tu cariño de abuelo pero tu no tenias derecho a utilizar ese cariño para transformarla en tu objeto sexual. 


P.D. Por trabajo y falta de tiempo me veo obligada a dejar de escribir durante un tiempo.
Además necesito desconectar un poco porque siento que mi vida está centrada al 100% en los abusos y eso tampoco es sano.
Y por último trabajar ciertos recuerdos me va a costar mucho más de lo que pensaba. Hay tanto dolor en alguno que de momento no soy capaz de compartir lo que provocan. 
El blog se mantendrá abierto, porque aunque no me crea mis méritos soy consciente de que mis absurdas reflexiones pueden ayudar a otros supervivientes a sentirse un poquito mejor...

lunes, 18 de febrero de 2013

Julia


Su sola presencia transmitía paz. Era una anciana entrañable y una persona extraordinaria.

Nunca conocí a nadie tan fuerte en un cuerpo tan débil. Jamás un enfado, una queja, mala palabra, un reproche,... Sólo sabía dar amor y cariño.

Hace dieciséis años que se marcho y todavía mi mente hace mención muchas veces de girar en el pasillo y encaminar mis pasos hasta su habitación.

Tan chiquita y sin embargo tan grande. Casi no veía y sólo escuchaba a través de un aparato que le conectaba al mundo a través de las ondas radiofónicas. Sospecho que cuando le daba conciertos de flauta alguna vez lo desconectaba para evitar el dolor de cabeza.

Tenía un sexto sentido especial, intuía cuando fallecían sus hermanos uno a uno. Ella era la mayor y los sobrevivió a todos. A pesar de que su cuerpo estaba cansado y desgastado su cabeza siempre estuvo lucida. Desde su sillón cada mes me recordaba que me iba a venir la regla, y me llenaba de consejos propios de su época sobre no lavarse el pelo o hacer mayonesa esos días.

Ir a su casa significaba encontrarme de frente con mi abusador, y creo que si hoy puedo volver a pisar ese suelo es porque la pureza de su alma anula un poco la suciedad de lo que allí ocurrió tantas veces.

Mientras ella escuchaba poesía con su pequeño transistor pegado al audífono más de una vez mi abuelo aprovechaba la ausencia de su hija, su mujer, para “jugar” conmigo.
A veces se iba un momento al mercado y él me aprisionaba contra la puerta de la calle para vigilar por la mirilla si ella volvía mientras satisfacía sus bajos instintos. Esa era su forma de ayudarme a hacer los deberes.

Falleció con noventa y seis años, a pesar de su longevidad a mi me supo a poco. Tras su muerte todo cambió, mi madre pidió el divorcio y se descontroló, al igual que yo.
Cuando nació mi hermana yo quería que la llamaran como ella, a pesar de que entonces yo tenía seis años me sigue pareciendo precioso que su segundo nombre sea Julia en su honor. Poco después de su marcha nuestros caminos se separaron durante un tiempo, pero esas niñas que jugaban a ser “Mary y July” han vuelto a unirse como entonces y espero que esta vez para siempre.

Ayer estuve conversando con alguien que sin saberlo heredó esa paz de espíritu. Alguien que está cuando realmente importa. Hay tantas cosas que ambas descubrimos, ella a través de este blog y yo a través de sus palabras. Porque con el tiempo hay acontecimientos que pasan al olvido y que explican muchas actitudes del presente.

Tal vez mis silencios sean algo difícil de entender, el ostracismo que necesite para comenzar a sanar es complicado. Pero ella estuvo cogiendo nuestra mano cuando mi madre se fue y hoy que ha encajado todas las fichas sigue brindándonos ese apoyo y ese cariño que nace más allá de la sangre.

Ayer Julia hubiese celebrado su cumpleaños, y su nieta y su biznieta se reunieron por primera vez sin el antifaz. De vuelta a casa me la imaginaba sonriendo desde algún lugar lleno de luz...

martes, 12 de febrero de 2013

Soy como soy


Hace poco empecé un proyecto personal, escribir cada uno de mis recuerdos, por insignificantes que fueran.
Tal vez buscando una forma de organizar mi cabeza, de fechar los abusos ya que muchas cosas estaban borrosas y sumidas en un mar de confusión.

La paradoja de querer recuperar esos trozos borrados que se esconden en mi subconsciente es darte de bruces contra el muro que siempre evitaste traspasar. Porque duele demasiado pasar a ser el protagonista de la película en vez de verla en tercera persona como un mero espectador.

Adormecí los sentidos hace tanto tiempo que ahora es extraño redescubrirlos. Pasé años sin derramar una sola lágrima y ahora acuden a mis ojos ante la más pequeña decepción. Siempre pensé que llorar es un signo de debilidad, siempre me avergonzó hacerlo en público y sin embargo ahora lo hago sin poderlo evitar.

Creo que ni siquiera lloré lo suficiente con la muerte de mi madre, es absurdo perder el control con las pequeñas cosas del día a día y mantenerlo en las situaciones más cruciales. Pero así soy yo, capaz de enfrentar cualquier problema serio sin pestañear y hundiéndome por una docena de palabras mal dichas o por un desprecio mal entendido.

Me encantaría cubrirme con una coraza de indiferencia y no dejar que nada me afectase, pero sé que esa no es la solución. Sentir el dolor es parte de la vida, y quiero pensar que estoy empezando a vivir.

Una característica común en muchos de los supervivientes que he encontrado por el camino es la empatía. Dicen que las personas más generosas son las más humildes, quizás las personas más sensibles sean las que han sufrido más.

Di por hecho que el exceso de sensibilidad era el rasgo más frágil de mi personalidad, todo me afecta. El más mínimo comentario me desestabiliza y me hiere. Escondida tras el antifaz me convertí en una gran actriz que permanecía inmutable aunque su interior se rompiese con cada palabra que escuchara.

Es ahora cuando mi verdadero yo se hace presente y cuando el agua salada que acude a mis ojos me revela muchas cosas. Creo que he perdido mucho tiempo mendigando cariño cuando es algo que se ofrece gratuitamente. He sobrevalorado el altruismo hasta tal punto que he antepuesto los gustos ajenos a los míos propios. Ahora entiendo que debo dejar de buscar un sitio que es posible que nunca haya tenido y simplemente ser como soy. Porque si en el que debería ser mi lugar en el mundo me siento desplazada o acoplada no puedo volver a moldearme para encajar.

Es complicado de entender, es difícil de explicar, pero el egoísmo que veo a mi alrededor no me gusta. Parece que cada uno va a lo suyo y no ve más que alrededor de su ombligo. Mientras yo me dedicaba a estar pendiente de las prioridades ajenas el puzzle era perfecto, pero hoy necesito abandonar la soledad que siempre me ha acompañado y pasar de estar rodeada de gente a estar con gente.

Me hace sentir bien dar, me encanta hacer felices a quienes aprecio pero llega un momento en el que necesitas recibir. Y no hablo de grandes tesoros, sino de un abrazo, un gesto de cariño, un detalle que te hace ver que esa persona piensa en ti. Destruir la fortaleza aislante que cerní me lleva a esto, a necesitar sentirme querida y no por hacer méritos para ello, sino porque soy como soy.

Soy como soy, y dejarme ser me está costando demasiado trabajo y esfuerzo para dejarme llevar de nuevo a ser lo que creo que quieren que sea. 

miércoles, 23 de enero de 2013

Levantarse


Prefiero ser una amargada que seguir con el antifaz.

Porque el mundo exige que seas de una determinada manera para que puedas encajar en él, pero llega un momento en que descubres que hace años que eres una pieza diferente y que por mucho que que te amoldes nunca encontrarás tu sitio en ese puzzle.


Si me hubiese caído de la bicicleta durante la infancia, se me hubiese desplazado una rótula y en consecuencia mi pierna estuviese rota ahora todo el mundo entendería perfectamente que no estoy bien y no puedo hacer muchas cosas.

Pero cuando lo que está roto es el alma todo se complica. Nadie entiende el porque y continuamente te fuerzan a hacer pequeñas cosas para las que tal vez no estas preparada.

Con la pierna rota no se te exigiría correr una maratón. Con el alma rota se te exige salir de casa y seguir como si nada.
Aunque pongas todo tu energía en hacerlo y llegar hasta el bar, siempre habrá alguien de lengua afilada para recriminarte por llegar tarde.
Es como recriminar al de la pierna rota por no hacer footing.

Y lo peor es dejarse llevar por esos comentarios y sentir culpa por no poder caminar.

Caer se cae en un instante, una mala palabra o un gesto feo acaban colmando el vaso y rebasando el límite de lo soportable.
Levantarse es otra cosa, y más cuando se siente no hay ninguna mano en la que apoyarte.
Es un trabajo arduo y requiere de una constancia y paciencia infinitas.

Pero sobre todo hay que dejar de sentirse débil. Dejar de escuchar esas voces que nos gritan “no puedes” y reconocer nuestra propia esencia.

Frecuentemente reiteradas personas me han aconsejado “que hay que echarle dos... a la vida”. Cada vez que escucho algo así siento que es exactamente lo que no estoy haciendo.
Y nada más lejos de la realidad... Si se nos llama supervivientes por algo será. Porque a lo mejor llegar hasta aquí nos cuesta un poquito más de esfuerzo que a los demás.

He crecido sola soportando bulling en el colegio, he sufrido malos tratos físicos y psíquicos, he sido abusada sexualmente y defraudada por cada persona en quien he confiado. Y sigo aquí.
Sin embargo cuando me embargan los miedos no valoro mi propia fortaleza y acabo escuchando la parte de mí que nada en la oscuridad.

Quizás mi parte luminosa sea también la más pequeñita y por tanto difícil de encontrar, pero esta ahí, existe.
Aunque a veces cueste dar con ella tarde o temprano aparece. El problema es que la siento efímera, como si pudiera desvanecerse de un momento a otro y eso me devuelve el temor de volver a caer.
Porque si viene la noche no distingo el camino y acabo de nuevo perdida.

El secreto de esa luz es que pertenece a mi alma. Alumbra tenuemente, como un candil pero para mí es más que suficiente. No necesito buscar grandes focos, tan sólo mantenerla.

Es por eso que esta vez no sólo me vuelvo a levantar, sino que voy a procurar con todas mis fuerzas conservarla siempre encendida.

Hoy elijo ser yo, sin máscaras e irradiando luz.

domingo, 23 de diciembre de 2012

Navidad


Tengo un bajón y de los gordos. De los de no poder salir de casa ni querer hablar con nadie.

Perdí el camino, y cuesta tanto encontrarlo de nuevo...

Una buena amiga siempre me repite “nunca dejes de escribir”. Y hasta eso he perdido últimamente, hasta las ganas de escribir,de sacarlo todo, de desahogarme.

A veces me pregunto en que momento empecé a encontrarme mejor en soledad. No recuerdo una época de mi vida en que no haya deseado estar sola. Ya cuando era niña mi mayor ilusión era que mis padres se fuesen a la piscina con mi hermana para quedarme castigada toda la tarde, sola en casa.

No tengo claro si la primera navidad que pase sola fue a los 17 o a los 18 años. Lo más triste es que viendo una película mientras cenaba canelones de atún disfrute mucho más que en esas supuestas maravillosas cenas familiares. 

Esos años en los que no tenía contacto con mi padre y en los que mi madre o cenaba con mi abuelo o se iba al pueblo de su novio cené muy bien acompañada por mi familia de cuatro patas.

Recuerdo una nochevieja en la que compre pasas para las campanadas, siempre me atraganto con las pepitas de la uva, y a lo que fui a contar doce mi traviesa “lobezna” se había dado el atracón. Acabamos degustando a medias unos gajos de mandarina.

Como no voy a tener el corazón hecho agujeritos si en unos meses he perdido a mi anciana gruñona, a mi fiel brutota, y a mi peluquero saltarín. Fueron la familia que realmente elegí y los causantes de mis más sinceras sonrisas.

La navidad sabe a amargura cuando recuerdo a aquella niña indefensa.

Mi función en esas fechas era acompañar al ídolo de la familia a emborracharse al bar mientras preparaban la cena. Una vez un camarero le dijo que por favor no cogiera el coche, yo no entendí nada. Para mi el peligro estaba en el garaje, no circulando.

Me encantaría recordar regalos, villancicos, ilusión,... en vez de abusos, asco e impotencia.

La navidad sabe a derrota cuando recuerdo a aquella chica vencida.

La última vez que lo vi fue en nochebuena. Manipulada, casi coaccionada por mi madre accedí a cenar con ellos. Hubo mucho chantaje emocional, y deamsiada culpa pero todavía no entiendo como consiguió convencerme.

Él ya no era más que un anciano decrepito conectado a una mascarilla de oxigeno. Me miró como sorprendido y me saludó con dos besos babosos como si me hubiera visto el día anterior. Una velada llena de hipocresía en la que cada uno interpretaba su papel. La noche más larga del año, sin duda.
No fui capaz de sacar los trapos sucios, me comporté, cené, jugué con mi lobezna y me marche. Hasta me sentí fuerte por ser capaz de estar allí, pero desde luego no estaba preparada para enfrentarlo y nunca más accedí a verle, ni siquiera fui a su entierro.
Si iba a sobrevivir en la derrota del silencio sería lo más lejos posible de mi abusador.
Creo que nunca le perdone a mi madre aquella imposición, me dolió incluso más que su ceguera voluntaria.

La navidad sabe a soledad cuando lo que hay alrededor es incompresión y consumismo.

Después de reintegrarme en la familia paterna turnaba las cenas y comidas y trataba de satisfacer a ambos bandos. No ha habido una ocasión en que un comentario, una burla, un mal gesto no me haya herido.
Tal vez soy demasiado sensible o no exteriorizo lo suficiente. Tal vez estoy tan acostumbrada al antifaz que no me lo quito hasta llegar a casa, con mi familia de cuatro patas.
Cuando no es uno, es otro. El golpe puede venir de quien menos te lo esperas pero siempre llega.

El hecho es que mis navidades más felices fueron gatunas y perrunas.
Y hasta me siento mal, porque en estos momentos debería acordarme de mi madre más que de ellos, pero por absurdo que pueda parecer, hoy siento mucho más su ausencia. Hoy necesito su cariño incondicional, su sencilla alegría, sus travesuras espontaneas... 

Ha sido un año negro. Un año agorafóbico y antisocial. Lleno de decepciones y desilusiones.

Este año, es el primero que me pesa la soledad real, la del alma.
Sólo puedo sentirme agradecida por la cuatro patas perruna que aún me saca alguna sonrisa.
Y sobre todo por haber encontrado en el camino a otros supervivientes que me han hecho el mejor regalo, su amistad y comprensión. Tal vez vuelva a confiar de nuevo en el género humano, porque tras el teclado del ordenador es donde he encontrado las palabras necesarias para poder seguir adelante.



No puedo dejar de pensar en todas las víctimas que se verán obligadas a cenar con sus abusadores.
En todos los supervivientes que cenarán solos o en una mesa llena de caretas y falsedad...

viernes, 14 de septiembre de 2012

Viernes


Recuerdo pocos detalles de los abusos, mi memoria se va ampliando a trazos pero todavía son piezas sueltas de un puzle incompleto.

Sin embargo el viernes es el peor día de la semana. Me levanto a veces con una angustia en el pecho que dura casi todo el fin de semana.

Y hay algo que tengo claro, es cuando más estrés hay en el trabajo, pero también es cuando se produjeron la mayor parte de los abusos.

¿Puede el subconsciente alterar mi estado de ánimo con esa especie de impotencia indescriptible?

Creo que los viernes es mi niña la que toma el mando, la que me recuerda porque ese día todo cuesta el doble y todo duele más.

Tal vez es la misma angustia que sentía entonces, al saber lo que el fin de semana deparaba.
La impotencia de no saber como evitarlo. La culpabilidad de sentirme cómplice. El maldito silencio aprisionando mi alma y destrozando mi infancia.

Es posible que la mente olvidara lo sucedido, pero mi cuerpo si mantuvo vivos esos sentimientos.

Hoy quiero un viernes distinto. Esa niña de ojos tristes que hay en mi interior merece que al menos lo intente.

domingo, 9 de septiembre de 2012

Borrachos


Con diez años tuve mi primera menstruación. No quería ser mujer, tan sólo deseaba ser una niña y jugar.

La mayor parte de mi “educación sexual” se la debo a mi abuelo. El primer vello púbico lo descubrió el y me explico que pronto habría muchos más,examinaba mis pechos para ver como iban creciendo y anticipó que pronto me haría mujer. 

La convertí en una excusa, traté de justificar que no tenía ganas debido al malestar que me ocasionaba.

Recuerdo que subrayó un artículo de un periódico que afirmaba que las mujeres tenían más ganas esos días y que el orgasmo aliviaba los dolores menstruales.

No era yo quien tenía la capacidad de decidir, no era yo quien controlaba mi cuerpo. No era una excusa válida.

Ya era mujer y debía comportarme como tal, fuera los pequeños poni y las barbies.

Con doce me compró mi primer sujetador y un pintalabios que guardaba en la guantera. Era muy grande para mi edad, y eso hacía que se escondiese menos, casi creo que le gustaba exhibirse conmigo. Que los demás creyeran que era una especie de ligue.

Creo que es la etapa en la que más consciente fui. La única que mi memoria conserva con algo de claridad. Una etapa de asco y culpa absolutos.

Ese aliento apestando a ginebra, ensuciándome. Baboseandome... Tengo todo tan a flor de piel que cada vez que uno de mis amigos huele a alcohol me siento igual de indefensa. Y sin embargo en mis años oscuros pase por las manos de demasiados borrachos.

El otro día alguien a quien aprecio mucho me llevo al límite. Ebrío,diciendo tremendas tonterías y hablando de desnudarse en un coche, todo en plan de broma. Que malestar tan profundo, que horror recordarme en ese maldito coche semidesnuda, expuesta e indefensa.

Y un roce, un pequeño contacto físico casi acaba con mi autocontrol. De malas maneras lo eché de la habitación. Pero a pesar de que resistí y no llegue al ataque por un instante entré en pánico.

Es alguien en quien confío, alguien que se que nunca me haría daño y aún así me aterrorizó.

Él nunca me permitó llamarle abuelo o yayo, porque era demasiado joven para serlo.

Tal vez es lo único que le agradezco, que no ensuciara esa palabra. Porque él nunca se comportó como tal.

Sólo fue un maldito borracho que hace que no soporte ni a mis amigos cuando llevan un par de copas encima sin revivir el horror que me incrustó en el alma.


viernes, 7 de septiembre de 2012

Ansiedad


Como mucha gente convivo con la ansiedad.

Lo peor los ataques de pánico. Imposibles de explicar al mundo. El anterior fin de semana estaba en la cocina y tuve que huir al almacén, de repente esa boca seca y el corazón saliendose del pecho me dejaron indefensa.

Todo por que me sentí acorralada y presionada, porque había demasiada gente en mi espacio vital, observando lo que estaba haciendo. Dos personas... Hay días que no soporto la cercanía de nadie y aunque otros en los moriría por un abrazo no llevo nada bien el contacto físico. Incomprensible.

Momento de absoluto descontrol en el que o desaparezco y trato de calmarme o estallo.

Siempre esta ahí y aunque estoy aprendiendo a no dejarme llevar por ella tengo la sensación de que nunca desaparecerá.

He avanzado muchísimo la parte de la agorafobia, una vez doy el paso de salir de casa puedo ir a casi cualquier sitio. No siempre me siento bien, pero lo controlo lo suficiente para no llegar a tener un ataque. A veces cuesta más y otras menos, pero trato de no dejarme limitar por ella. Eso si el coche siempre está cerca porque es como un salvavidas, un lugar seguro en el que refugiarme.

Mi asignatura pendiente es el trato humano. Porque hay gente a mi alrededor que me hiere, y mucho con sus comentarios. Es como llevar una mochila de culpas a la espalda y cada vez que vas liberando alguna llega una frase que te hace sentir pequeñita y le echa otro kilo de peso a la mochila.

Y entiendo que no es comprensible pasar meses encerrada en casa, volver y no hacerlo al cien por cien. No se imaginan lo difícil que puede ser algo tan sencillo como dormir, atravesar la puerta de casa o aguantar la presión del día a día en el trabajo.

Pero es que sentirse la acusada mientras el juez dicta su sentencia no ayuda en nada, sólo a acrecentar la ansiedad y a hundirme en otra culpa más.

Una aguanta los ataques con educación, pero cuando algunos carecen de ella es tan difícil no contestar, no gritar lo que en realidad nos pasa por la cabeza. Lo injusto que es tener que soportar su falta de respeto y de tacto, con el esfuerzo que supone simplemente estar ahí y no permitir que la ansiedad tome el control.

Luego está la gente que se interesa sinceramente por como estoy, la mayoría clientes o meros conocidos. Que incomodan sin querer pero que te hacen sentir de nuevo bajo el yugo del antifaz.
Porque si te preguntan como estas, dices bien tenía depresión o ansiedad pero ya voy mejor... No dices echa una mierda porque me destrozaron la infancia y tratando de sobrellevar lo mejor posible las secuelas de los abusos.

Una sola frase, una sola pregunta dispara la ansiedad de nuevo. El nerviosismo esta adormecido y cada comentario lo dispara.

Y a pesar de todo me siento orgullosa porque hace bastante que no tengo un ataque. Porque lloró y rabio pero dejo salir las emociones y sigo teniendo yo el control, no ella.

Pero sigue ahí, amenazando con desbocarse en cuanto le sea posible.