Nunca permitiste que te llamara abuelo o yayo porque según tú eras demasiado joven para serlo. Y es algo que siempre te agradeceré, porque al menos es una palabra que tu infamia no pudo ensuciar. Aún después de tantos años la manipulación que ejercías sobre todo el núcleo familiar no deja de asombrarme. Crecí en un familia donde todos te admiraban y obedecían de tal manera que era imposible que una niña avergonzada y atemorizada pudiese reunir la valentía de enfrentarte. Además de un depravado asqueroso eras sumamente descarado. Llegaste a abusar de mi dentro del agua cuando íbamos a la playa mientras mis padres y tu mujer tomaban el sol en la orilla. Deslizabas tu mano bajo la mesa en las comidas familiares aprovechando que habías marcado mi sitio junto al tuyo. Me repetías constantemente que yo lo buscaba y lo disfrutaba. A veces pienso que tu mismo te lo creías... Durante años me pregunté que viste en mí o que hice yo para provocarte. Pero hoy entiendo que mi único...
Inventé un antifaz que ocultase mi dolor. Viví como crecí, bajo la mordaza del silencio. Ocultando mi verdad. Rota por dentro. Mi infancia está marcada por los abusos. Mi alma está camuflada tras ese antifaz. Llevo demasiado tiempo conviviendo con la vergüenza, la culpa, la soledad y el miedo. Deseo recuperar mi voz y gritar la verdad que muchos prefieren no escuchar.